Lágrimas que cantan: Teatro Municipal de Iquique reabrió con ópera nacida del salitre

Por @cristiancristino

La reapertura del centenario Teatro Municipal de Iquique contó con el significativo estreno absoluto de «Lágrimas de sal», la primera ópera compuesta íntegramente en la región de Tarapacá. Creación del compositor Rodolfo Miranda, la función del 27 de mayo señaló la recuperación de un espacio histórico para la vida artística iquiqueña, y también un hito en la lírica chilena.

Ambientada a principios del siglo pasado, la nueva ópera nacional «Lágrimas de sal» narra la historia de Gabriel Morales, dirigente de una revuelta obrera, y de su esposa Elba, quien viaja desde el sur de Chile para reunirse con él tras una larga separación marcada por la distancia y la agitación política.

En medio de un movimiento social que crece con fuerza, la obra retrata el reencuentro de la pareja durante una marcha histórica desde la pampa hacia Iquique, donde la esperanza colectiva y el amor personal se entrelazan en un momento decisivo para ambos y para el pueblo que los rodea.

El público que asistió a este estreno, el 27 de mayo, estaba conformado en su mayoría por personas que asistían por primera vez a una función de ópera. Y respondieron con entusiasmo. La falta de ciertas convenciones en este tipo de espectáculos (como el aplauso al director cuando toma posición en el foso) más que una carencia, fue parte de una experiencia inédita que combinó la emoción del reencuentro con el hermoso Teatro Municipal junto a un proceso incipiente de formación de audiencias para un espetáculo lírico.

Una ópera que impacta

Desde su inicio, «Lágrimas de sal impacta». La música de Miranda se impone con fuerza gracias a una orquestación densa y un tono épico que atraviesa toda la partitura.

Su gran mérito radica en la claridad melódica. El compositor demuestra una facilidad notable para crear líneas vocales atractivas, con una escritura amable hacia las voces, evitando los saltos abruptos tan frecuentes en la composición contemporánea.

La atención al texto es evidente, si bien se enfrentan a las ya conocidas dificultades del canto lírico en idioma español. En este sentido, la incorporación de sobretítulos o materiales impresos con sinopsis o libreto debería ser fundamental en futuras funciones.

Entre las referencias estilísticas que surgen al escuchar la partitura, se pueden rastrear ecos de Francisco Flores del Campo, la expresividad de Kurt Weill y ciertos momentos repetitivos y atmosféricos que remiten al minimalismo de Philip Glass.

Llama especialmente la atención la elección de una obertura “old fashion” estilo popurrí, gesto nostálgico que establece el tono híbrido de la obra, a medio camino entre la tradición y la invención local.

La estructura de la ópera —organizada en sucesivos números musicales— resulta algo fragmentaria, con transiciones que podrían beneficiarse de una mayor continuidad escénica o musical. Algunos silencios entre secciones, aunque breves, rompen el impulso narrativo. Las próximas reposiciones de esta opera podrían explorar formas de agilizar el tránsito entre escenas o incorporar música incidental que actúe como puente.

El cuerpo de baile en estilo de danza moderna acompaña con acierto el despliegue escénico.

En términos dramatúrgicos, se percibe una tensión no del todo resuelta entre lo colectivo (la lucha obrera) y lo íntimo (la relación amorosa entre Elba y Gabriel). Esa oscilación deja la sensación de una dramaturgia que está aún en desarrollo. Una opción escénica futura podría inclinar la balanza hacia lo épico, tomando referentes estéticas como el realismo socialista, la iconografía de la Lira Popular o el estilo expresivo de compañías como La Patogallina.

El tratamiento del hecho histórico inspirador —la Matanza de la Escuela Santa María, ocurrida en diciembre de 1907— no pretende ser exhaustivo ni documental, y no lo necesita, ya que se inscribe en un registro mítico ya incorporado en la memoria colectiva iquiqueña. El público así lo entiende y ovaciona de pie un relato que, sin didactismos, toca fibras profundamente arraigadas en la comunidad y el territorio.

El diseño escenográfico y de vestuario es uno de los puntos altos del montaje, y consigue construir un mundo visual coherente, simbólico y de fuerte anclaje territorial.

En contraste, el mapping y la iluminación presentan algunos desajuste. Si bien la idea de proyectar imágenes sobre la escenografía es potente, en la práctica muchas veces los cantantes quedan ensombrecidos. En cambio, la inclusión del cuerpo de baile en estilo de danza moderna aporta una capa expresiva que acompaña con acierto el despliegue escénico, sumando movimiento y densidad poética al relato.

Artistas en escena

El elenco solista está a la altura de la exigencia. La mezzo Marisol Hernández (en el rol de Elba) brilla con un canto de enorme sensibilidad; su color vocal y manejo de matices dan al personaje una presencia emotiva y profunda.

El barítono Felipe Ulloa (Gabriel) destaca por un trabajo escénico sobresaliente, con una calidad de movimiento que enriquece notablemente su interpretación. Su voz cálida y sólida responde con técnica los momentos de mayor exigencia.

El barítono Felipe Ulloa y la mezzo Marisol Hernández.

El bajo Sergio Gallardo (el general Silva Renard) da complejidad a un antagonista que fácilmente podría haber caído en el estereotipo: su uso técnico e inteligente de la voz —con verdaderos “latigazos sonoros”— se alinea con la dureza del personaje.

El tenor José Azócar (Intendente) aporta jerarquía y potencia a un rol breve, en el que su experiencia y trayectoria internacional se ponen al servicio del conjunto con generosidad y rigor.

En un rol pequeño, pero resuelto con gran eficacia, destaca también la participación de Gita del Sol como la aldeana.

El Intendente (José Azócar) y el general Silva Renard (Sergio Gallardo).

La dirección musical de Bernardo Ilaja resulta clave para la solidez de la propuesta. Logra extraer un sonido potente y coherente de una orquesta y un coro que, si bien no tienen la experiencia de conjuntos especializados en ópera, alcanzan un nivel de excelencia notable, demostrando que el talento local está más que preparado para asumir estos desafíos.

«Lágrimas de sal» debe ser celebrada por su ambición y su significado. Más que una obra aislada, este proyecto encarna una actualización del rol que históricamente cumplió la ópera en los procesos de construcción estatal del siglo XIX.

Hoy, en vez de centralismo ilustrado, asistimos a una ópera nacida en el norte, hablada en voz nortina, y presentada en un teatro restaurado y reabierto después de 17 años para la comunidad de la región de Tarapacá. En ese sentido, no solo asistimos al estreno de una obra, sino al renacimiento de una tradición.

Ficha artística

«Lágrimas de sal», de Rodolfo Miranda.

Teatro Municipal de Iquique.

Dirección musical: Bernardo Ilaja.
Diseño de Vestuario: Daniela Portillo.
Diseño de Escenografía: Jorge Miranda.
Dirección Escénica: La Minga.
Coro y Orquesta Sinfónica de Iquique.
En colaboración con Ópera de Cámara de Chile.

Elenco:
Elba de Morales: Marisol Hernández.
Gabriel Morales: Felipe Ulloa.
General Silva Renard: Sergio Gallardo.
Intendente: José Azócar.
Aldeana: Gita del Sol.


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