Por José Luis Arredondo.
Tras 10 años de ausencia vuelve a la cartelera del Teatro Municipal de Santiago la popular ópera de Mozart. Y lo hace con una propuesta que impone luminosidad y etérea belleza. Un sólido primer elenco, en el que brilla la soprano rusa Aigul Khismatullina como La Reina de la Noche, seduce a una sala colmada de público.
Compuesta por Wolfgang Amadeus Mozart el mismo año de su muerte, 1791, y escrita por el actor y empresario teatral Emanuel Schikaneder, amigo del compositor y también masón, la ópera «La flauta mágica» (Die Zauberflöte) ha cautivado por más de dos siglos con su historia plagada de fantasía y ritos iniciáticos, que buscan despertar y cultivar en el ser humano la sabiduría, la templanza, el autoconocimiento y el amor.
Esperado regreso
Después de 10 años de ausencia, el regreso de esta magna obra al Municipal de Santiago era largamente esperado por el público chileno.
La puesta en escena, concebida por Christine Hucke, opta por una depurada lectura de la gran carga de signos y símbolos presentes en la obra, y pone el foco y acento en la interrelación de los personajes y la acción dramática, trasladando la historia del antiguo Egipto (como originalmente se establece), a una atemporalidad de tinte ecléctico y orientalista.
El diseño de Jorge “Chino” González pone énfasis en dar un carácter etéreo a la obra.
Esto está remarcado por el uso de velos y una iluminación, esta última a cargo de Ricardo Castro, que nos introduce en un ambiente surreal refrendado por un soporte audiovisual, de Leonardo Cofré, que logra gran unidad en el todo escénico-visual de la propuesta. Remarco esta unidad como uno de los mayores logros de esta versión en cuanto a su puesta en escena.
Estamos de este modo ante una versión de «La flauta mágica” de inequívoca y depurada teatralidad.
Es una propuesta escénica etérea y luminosa, que sirve con propiedad y calidad a la historia que narra la ópera, y que en la conjunción de los elementos que expone, logra cautivar con el grandioso sentido de lo humano que brota de ella.
Afiatado Elenco Uno
A la cabeza de los intérpretes del Elenco Uno se coloca la joven soprano rusa Aigul Khismatullina con una electrizante Reina de la Noche.
Su total manejo de la exigente coloratura del rol, unido a su fuerte presencia escénica y seguridad en todo el registro, la hacen merecedora con creces de la ovación que corona su presentación en el Municipal.
La soprano chilena, de ascendente carrera internacional, Annya Pinto, asume su Pamina con firmeza y soltura, para imponer su rol aún a pesar de no ser, en estricto rigor, una voz cien por cien adecuada al este papel.
Annya Pinto exhibe seguridad y una consistente línea de canto, lo que otorga solvencia y aplomo a su interpretación.
El tenor Dmitry Ivanchey dibuja su Tamino con aplomo y sutil heroísmo. Es un príncipe contenido y de hermoso timbre vocal, que redondea con soltura el carácter del personaje.
El barítono Alexander Miminoshvili impone su Papageno con gran aplomo en lo teatral. Saca adelante el rol con firme sentido lúdico y se sirve de una musicalidad reafirmada en la cómica rusticidad del papel.
A este desempeño se acopla muy bien Marisol Vega en el segundo acto, como una seductora y juguetona Papagena.

Excelentes están las Tres Damas de la Reina de la Noche. Andrea Aguilar, Camila Aguilera y Evelyn Ramírez lucen un fiato como trío a toda prueba. Las destacadas cantantes chilenas convierten sus tres voces en un único y verdadero instrumento musical de gran expresividad y bellos matices.
Correcto resulta el Sarastro de Taras Berezhansky, en un rol que exige gran voz y enorme presencia escénica.
Por su parte el Monostatos de Gonzalo Araya (por fin un cantante no maquillado de color oscuro), llena el rol con envidiable aplomo y soltura.
Con evidente solidez vocal y oficio teatral, Araya redondea un sirviente de cómica lascivia y entrañable torpeza. Es una labor que se anota entre los puntos altos de esta versión.
Se destacan además en sus respectivos roles, por la gran calidad de la entrega tanto escénica como musical, Matías Moncada, Pedro Espinoza, Javiera Barrios, Nicole Galleguillos y Pilar Garrido.
Una Filarmónica dramática
La lectura que el director Pedro-Pablo Prudencio hace de «La flauta mágica» frente a la Orquesta Filarmónica corresponde a una clara impronta dramático-romántica por sobre una, en estricto rigor, clasicista.
Esto, que puede redundar en un sonido más “pesado” de lo habitual, le da una interesante tensión a la entrega, la misma que finalmente impone su opción por sobre otras consideraciones.
El viaje del héroe
El argumento de «La flauta mágica» describe de manera muy clara lo que habitualmente conocemos como «El viaje del héroe».
La ópera comienza con el príncipe Tamino extraviado en un bosque y perseguido una gran serpiente, que está a punto de devorarlo. Todo parece perdido hasta que tres misteriosas damas, surgidas como por arte de magia, lo salvan de esa amenaza.
Una vez que recobra el conocimiento, Tamino ve llegar a un pintoresco personaje, Papageno, un cazador de pájaros que se ufana de haberlo salvado de la muerte. Esto es inmediatamente desmentido por las tres misteriosas salvadoras, que anuncian la llegada de su ama, la Reina de la Noche, no sin antes reprender y castigar al pajarero por mentiroso.
La Reina de la Noche ruega a Tamino que salve a su hija, Pamina, que ha sido secuestrada por el supuestamente malvado Sarastro, que la mantiene prisionera en sus dominios.
Con este fin, le entrega a Tamino una flauta mágica, y a Papageno, una caja que emite un dulce sonido de cascabeles. También los van a acompañar tres genios, que les recuerdan las virtudes que deben mantener durante el recorrido.
Tamino se enamora al instante de Pamina cuando ve su retrato, y, conmovido por la súplica de la Reina de la Noche, parte junto a Papageno en la búsqueda de la joven, sin saber el curso que tomarán los acontecimientos.
Sin embargo, Ni Tamino ni Papageno sospechan que Sarastro no es el malvado que pinta la Reina, y que Pamina no corre los peligros que le advirtieron.
De la oscuridad a la luz
En definitiva, el periplo de Tamino es un viaje de la oscuridad hacia la luz de la verdad, de la ignorancia hacia la sabiduría, de la soledad hacia el amor y el encuentro con los atributos profundos y esenciales del ser humano.
Así, “La flauta mágica” es ante todo una lección de humanidad, una fábula que en la forma de singspiel (forma dramática que combina teatro y música, alternando partes habladas y cantadas), nos lleva por los preceptos y principios de la sabiduría masónica y sus ritos, englobados aquí en forma de historia alegórica, a través del viaje del príncipe Tamino tras la huella de Pamina y los obstáculos que ha de vencer para lograr su objetivo.
En el camino de pruebas que recorre, la percepción del mundo de Tamino se abre a la lucidez y al conocimiento, hasta dar con el verdadero sentido y significado de la vida.

“La flauta mágica”. De W. A. Mozart (música) y Emanuel Schikaneder (libreto). Teatro Municipal de Santiago.
Puesta en escena: Christine Hucke. Escenografía y vestuario: Jorge “Chino” González. Iluminación: Ricardo Castro. Visualista: Ricardo Cofré. Dirección orquestal: Pedro-Pablo Prudencio.
Elenco Uno: Annya Pinto; Dmitry Ivanchey; Aigul Khismatullina; Taras Berezhansky; Alexander Miminoshvili; Marisol Vega; Gonzalo Araya; Andrea Aguilar; Camila Aguilera; Evelyn Ramírez; Matías Moncada; Homero Pérez Miranda; Pedro Espinoza; Javiera Barrios; Nicole Galleguillos; Pilar Garrido.
Última función de este elenco el viernes 21 de junio a las 18 horas.
Crédito fotos: Patricio Cortés.
Descubre más desde Todalacultura.org
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
Si te gusta este contenido, déjanos un comentario