En “Maudie”, en Netflix, el arte es expresión de salvación en medio del dolor

Por José Luis Arredondo.

La vida de Maudie estaba destinada a sucumbir ante el abandono, el despojo, la soledad y la enfermedad; sin embargo, un voluntarismo a toda prueba supo llenarla de belleza y color.

Una belleza y un color que vinieron a disipar, en parte, las penurias y sombras que rodearon su destino desde temprana edad y durante muchos años.

Maud Lewis (1903-1970) fue una singular pintora canadiense que consiguió un paulatino éxito gracias a un tipo de pintura naif de gran colorido y sencillez.

A los 34 años se casó con un rústico pescador de nombre Everett Lewis, y ambos se trasladaron a vivir a su pequeña casa en un pueblo costero, lugar que ocuparon hasta la muerte de Maud a causa de complicaciones de su precaria salud.

Esta película (disponible en Netflix) está dirigida por la guionista y cineasta irlandesa Ainsling Walsh, y se inicia cuando Maud (Sally Hawkings) es despojada de la casa paterna.

La casa es vendida por su hermano sin su consentimiento, y ella debe buscar dónde vivir ya que tampoco se encuentra bien como allegada en el hogar de una tía.

Así, se emplea puertas adentro en casa de su futuro marido, e inicia una vida dedicada, no sin muchas dificultades, a su pasión por la pintura y su rol de esposa y dueña de casa.

“Maudie” (2016) es una biopic humana y emotiva, que centra la atención en la pasión artística de Maud, su gran imaginación, enorme sensibilidad, y las dificultades que debió enfrentar día a día, en la difícil convivencia con su marido -un tipo más bien huraño y violento- y muchas complicaciones de salud.

La cámara de Walsh se posa con cercanía en los personajes, y no los juzga ni compadece; sí los acompaña en un compromiso que tiene mucho más de existencial que de sentimental.

A la vez, la directora se preocupa de contrastar la luminosidad interior de Maud, que es la que finalmente doblega la dureza de su esposo, con las sombras y el sufrimiento que siempre oscurecían su diario vivir.

Esta es una película trabajada con materiales nobles, que deja fluir la emoción en alas de dos excepcionales actuaciones (Sally Hawkins y Ethan Hawke), una gran dirección de arte y una excelente fotografía.

La pintura como un acto de amor, como una expresión de vida y belleza en medio de la soledad y el abandono, como una capacidad de mirar lo simple y hermoso aún rodeada de penurias; en definitiva, como un hondo ejercicio de humanidad, de luz y color en medio de las sombras y el dolor.


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