Por José Luis Arredondo.

Desde la ventana de su casa, Chiara, una niña de ocho años, vio como su madre (Anabel) se fue para nunca más volver. No hubo despedida, solo la imagen de una mujer alejándose para siempre.

Han pasado treinta y cinco años desde ese día y hoy se han vuelto a ver, Chiara la buscó para hacerle un solo pedido, pasar diez días juntas, en esa casa que las vio como madre e hija por última vez. Solo diez días, ni uno más, ni uno menos.

«La enfermedad del domingo» es la lacerante historia de un reencuentro entre dos mujeres unidas por la sangre y separadas por el tiempo, en un intento de volver a estar juntas después de una desunión que las llevó por rumbos absolutamente opuestos. Es también el propósito de darle un sentido a ese vínculo tan primigenio que hay entre madre e hijo (a), en un momento crucial para una de ellas.

La película del malagueño Ramón Salazar es una obra de aguas quietas y profundas, una cinta de reposada tensión que nos sumerge en este reencuentro a través de silencios y miradas más que palabras. Anabel y Chiara no se parecen en casi nada, pero un hilo invisible y un propósito que se devela casi al final las une férreamente.

Salazar repasa esos días con una cámara que privilegia la contemplación del paisaje humano y natural, la casa está situada en un bosque cordillerano que privilegia la sensación de aislamiento y abandono. Ambas mujeres se acercan lenta y duramente la una a la otra, Chiara parece tener ocultas intenciones y Anabel se siente fuera de lugar en todo sentido. Pero ese hilo invisible ata fuerte los días que de a poco las acercan a ambas.

«La enfermedad del domingo», es una historia de amor y desamor, fotografiada con pulcritud en su atmósfera de melancolía, las imágenes tienen un tono crepuscular que se corresponde muy bien a la historia, y el montaje privilegia el devenir pausado de estos días de reencuentro.

Una película sensible, que rehuye todo efectismo melodramático para llevarnos de manera más tangencial que directa por esta semblanza de sentimientos y pasiones humanas.

No todo lo que hacemos tiene plena explicación, el alma humana está llena de claroscuros y misterios que rebasan el poder de las palabras.

Salazar dibuja una cinta de bordes tenues y difuminados, una película que habla más por lo que no se dice que por lo que se explica. El retrato de un reencuentro en el que la mayor parte del tiempo hablan el silencio y las miradas.

Disponible en Netflix

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