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Por José Luis Arredondo.

Hoy es el cumpleaños 25 de Branko y no hay mucho ánimo de fiesta, el ambiente está tenso y nadie se siente muy cómodo en casa, todos van y vienen un poco nerviosos y apurados. Hasta hace un tiempo Branko podía caminar, sólo que un poco más lento, pero eso ya cambió, hoy está confinado a una silla de ruedas victima de una enfermedad irreversible y de la que no se habla.

Y como si eso fuera poco, la abuela Ana acusa ya de manera inequívoca agudos síntomas de Alzheimer, el olvido se apodera de su mente, los recuerdos se hacen cada día más confusos y el pasado se aleja y pierde en la oscuridad.

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«Mi hijo sólo camina un poco más lento» es un lúcido testimonio del estrés al que se ve sometido un grupo familiar que debe lidiar y sobrellevar su vida con dos de sus miembros en situación de «discapacidad». Tanto Branko como Ana sienten el peso que significan para los otros, y aunque la abuela vive ya envuelta en una especie de bruma permanente, en sus escasos momentos de lucidez sufre al constatar cómo su vida se desdibuja y borronea sin que ella pueda hacer nada al respecto. Por su parte, Branko resiste y sobrelleva en un pesado silencio su situación.

Lo más interesante del planteamiento teatral de este conflicto, es la forma que eligió el dramaturgo Ivor Martinic para entrar en la problemática. Tanto las acciones físicas de los personajes, como las acotaciones (didascalias), están entregadas por boca de un narrador que se mueve junto a los personajes, indicándonos la acción que realizan en ese momento (tomar una cuchara, coger un vaso, tocar una mano, acariciar etc), esto centra totalmente el conflicto en la fuerza de la emoción, que mediante la palabra desnuda, nos hace llegar el personaje.

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La obra se mueve así como un íntimo testimonio del devenir familiar de este grupo enfrentado a la condición «especial» de dos de sus integrantes. Las palabras, cargadas de sentimientos y emociones, vuelcan en escena lo que cada cual siente, los silencios se pueblan de significado, y la aparente inacción física – los movimientos se limitan a los desplazamientos por el escenario – centra nuestra atención en el conflicto interno de cada cual, en la «cruz» que cada uno lleva.

La dirección potencia, con expresivo despojo, la opción de la dramaturgia. El escenario vacío, sólo poblado por una mesa y unas cuantas sillas, deja al desnudo el lado más íntimo del conflicto, esto logra que actor y espectador comulguen en forma directa, y sin nada que «distraiga», con el conflicto planteado.

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«Mi hijo sólo camina un poco más lento» es una reflexión, desde el sentimiento y la emoción, sobre cómo sobrellevamos una situación que quiebra la «normalidad» de un grupo familiar, sobre la aceptación y el amor, sobre miedos inconfesados y culpas, y lo hace sin melodramatísmo, pero sin escabullir el sentimiento que nos gatilla sobretodo la situación de Branko y Ana.

El elenco responde en muy buena forma y las actuaciones del conjunto logran transmitir muy bien, de manera depurada y expresiva, la carga emotiva de la obra; lo mismo el espacio escénico, que desde su minimalismo se torna muy expresivo apoyado sobretodo en la luz, y por cierto en las actuaciones. Un trabajo de variados méritos, que en su forma y fondo escabulle el morbo con el que se suele enfrentar este tipo de conflictos y por el contrario, se asoma con verdad y sin golpes bajos a situaciones profundamente humanas.

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Dramaturgia: Ivor Martinic / Dirección: Bárbara Ruiz-Tagle / Elenco: Diego Ruiz, Roxana Naranjo, Alejandro Trejo, Carolina Correa, Ana Reeves, Hugo Medina, María Siebald, Daniel Antivilo, Alejandra Oviedo, Iñigo Urrutia y Andrew Bargsted / Vestuario: Andrea Contreras / Escenografía e iluminación: Daniela Vargas / Asistente de dirección: Paulina Eguiluz / Traducción: Nikolina Zidek / Adaptación: Emilia Noguera /

Teatro Mori Bellavista. Del 11 de octubre al 1 de diciembre. Jueves y viernes a las 21 hrs. sábados a las 20:30 hrs.

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