Por José Luis Arredondo.

Más que feliz, Lazzaro (Adriano Tardiolo) vive con tranquilidad y aceptación su vida, una vida de trabajos y sacrificios mal reconocidos y peor pagados, es parte de un grupo de aparceros de la aldea La Inviolata que vive a finales del siglo XX y principios del XXI como si fuera el medioevo. Un grupo humano aislado en una inaccesible zona rural, y explotado por la Marquesa Alfonsina de Luna, una abusiva terrateniente a la usanza del siglo XIX, que junto a sus «siervos» flota en una dimensión temporal que parece sacada de un libro de historia.

Eso hasta que Lazzaro conoce y se involucra con Tancredi, el caprichoso y consentido hijo de la Marquesa, un encuentro que provoca un giro total en la vida del joven campesino y que lo hace, literalmente, viajar en el tiempo.

Lazzaro Feliz es una cinta de muchas e interesantes aristas. Parte como un estudio de una condición social determinada, una exposición crítica de la vida de un grupo humano a la manera del neorealismo y desde ahí se expande a estilos que la acercan al universo felliniano con fuertes toques surrealistas.

La historia en sí actúa como una parábola, como un misterio alegórico que desde lo simbólico articula e instala una fuerte crítica social.

Una película que se abre como una flor y de la cual es un despropósito adelantar su desarrollo. Posee un hálito poético notable, y una soterrada y refinada carga emotiva que va in crescendo hasta un devastador final. Se cruzan en ella influencias de grandes maestros del cine: Rossellini, Fellini y Visconti. Con el valor agregado que resulta una obra muy original y singular.

Premio al mejor guión en el Festival de Cannes 2018. Dirigida por Alice Rohrwacher.

Disponible en Netflix.

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