Por José Luis Arredondo.
El dramaturgo David Mamet articula en esta obra un verdadero tratado sobre la ambición, las dinámicas de poder, y todas las variables que entran en pugna en la despiadada competencia entre un grupo de vendedores. Y este montaje brilla con enormes méritos artísticos.
El premiado dramaturgo, novelista y cineasta David Mamet es, a sus 77 años de edad, una de las voces más potentes del teatro norteamericano del siglo XX y lo que va del XXI.
Lo prueban obras como «Perversión sexual en Chicago», «Una vida en el teatro»; «Oleanna», entre otras. Todas proponen un buceo profundo, lúcido y descarnado, por las aristas y capas de la condición humana, no exento de ácida ironía, sarcasmo y humor las más de las veces.
Dentro de este ramillete brilla con potente luz “Glengarry Glen Ross”, estrenada en 1983 en Londres y en 1984 en Nueva York, ganadora del Premio Pulitzer y que cuenta con una sólida versión cinematográfica de 1992, dirigida por James Foley, con Al Pacino y Jack Lemmon a la cabeza de un tremendo elenco.
Salvaje lucha por la supervivencia
“Glengarry Glen Ross” nos sumerge en la lucha sin cuartel de un grupo de vendedores de una oficina de bienes raíces.
En el principio de la obra, se muestra lo que sería un corte transversal a un restaurante chino. Ahí los vendedores comen regularmente mientras piensan en cuestiones laborales, ya que incluso sus espacios de descanso y alimentación son una extensión de la oficina.
Tras esta introducción a su mundo circundante, entramos de lleno a la oficina. Aquí se despliega la década de los años 1980 con toda su iconografía laboral: Escritorios metálicos, archivadores, teléfonos fijos, carpetas, papeles y más papeles. Hay un notorio cuidado en la dirección de arte y cada elemento corresponde al periodo de la acción.
Shelley “La máquina” Levene (Claudio Arredondo) pasa por una mala racha tras ser el vendedor estrella de la firma; ahora ese lugar lo ocupa el arrogante Richard Roma (Ghilherme Sepúlveda), quien obtiene las mejores ventas, sin temor, si hay que hacerlo, a timar a un incauto cliente (Pablo Schwarz). La competencia entre ellos es feroz, e involucra a los otros vendedores, David Moss (Andrés Velasco) un tipo sin escrúpulos ni temor a incurrir en algo ilegal, y el tímido e inseguro George Aaronow (Elvis Fuentes). Un espacio laboral regentado con fría mano de hierro por el pragmático Williamson (Nicolás Pavez).
Las ventas son una lucha diaria y van bastante lentas, y hay que comer y pagar las cuentas. Así que Moss planea robar la ‘base de datos’ de potenciales clientes y vendérsela a la competencia, como una forma de hacer dinero rápido y fácil. Para eso presiona e intenta involucrar a Aaronow, sin buenos resultados.
El hecho es que el robo se produce igual sin la intervención de Moss. Alguien se les adelanta, y la oficina amanece toda revuelta y con evidencias de haber sido saqueada. Ahora el detective Baylen (Gonzalo Muñoz-Lerner) debe descubrir al ladrón y llevarlo ante la justicia. En ese intertanto, cada uno de los personajes saca lo peor, o mejor, de sí mismos para salvarse de la acusación y seguir en la batalla por la supervivencia.
Capitalismo, ambición y poder
“Glengarry Glen Ross” es una obra que muestra de forma descarnada el comportamiento del ser humano bajo un sistema capitalista. Los vendedores están sujetos a lo que el mercado llama “metas”, por lo que tienen que cumplir con una estimable cuota de ventas o se van a la calle.
Así el sistema gatilla un modus operandi que es pura competencia, una carrera de obstáculos en la que todo vale por llegar al objetivo.
El dramaturgo David Mamet articula en esta obra un verdadero tratado sobre la ambición, las dinámicas de poder, el trabajo bajo presión y todas las variables que entran en pugna en la lucha por la obtención de dinero a cualquier precio. Es un tablero en el que la solidaridad, la empatía, el compañerismo y la lealtad quedan relegados al último lugar o derechamente desaparecen.
Versión con estupendos logros
Bajo la acertada y aguda dirección de Álvaro Espinoza, el montaje que presenta el Teatro Municipal de Las Condes evidencia todo el potencial dramático del texto de Mamet.
La acción se convierte en un verdadero espejo de la sociedad bajo el libre mercado, y Espinoza de forma acertada la deja fluir, afirmada en un notable y parejo conjunto de actuaciones.
Sería injusto resaltar una actuación por sobre otra, ya que justamente uno de los méritos de esta versión es la férrea unidad y gran nivel que logra en este aspecto. Cada personaje actúa como un engranaje preciso dentro de la maquinaria dramática, y cada actor construye su parte con firmeza, claridad, energía y singularidad. En este sentido, el ensamble funciona con la precisión de un reloj en cuanto a ritmo y progresión.
La iluminación y el vestuario ayuda a resaltar la frialdad e impersonalidad del espacio. Es una oficina deshumanizada y deshumanizante, y carece totalmente del toque personal y humano.
Por los méritos de la obra en sí misma (un ejemplo de contingencia y gran dramaturgia), por el muy alto nivel alcanzado en cuanto a dirección y actuaciones, y por lo acertado del diseño integral, esta producción de “Glengarry Glen Ross” brilla con enorme calidad artística.
Ficha artística
Glengarry Glen Ross. Dramaturgia: David Mamet. Dirección: Álvaro Espinoza. Escenario e Iluminación: Cristián Reyes. Stage Manager: Katy Cabezas. Diseño vestuario: Taira Court. Música: Camilo Salinas. Traducción: Pablo Schwarz. Producción General: Alessandra Massardo. Producción Ejecutiva: Yusef Rumie.
Elenco: Claudio Arredondo, Ghilherme Sepúlveda, Elvis Fuentes, Andrés Velasco, Gonzalo Muñoz-Lerner, Nicolás Pavez, Pablo Schwarz.
Teatro Municipal de Las Condes, avenida Apoquindo 3300, Las Condes. Metro El Golf. Funciones hasta el 10 de agosto. De jueves a domingo. Entradas disponibles en http://www.tmlascondes.cl

