por José Luis Arredondo.

James Bond lleva seis décadas luchando contra el mal desde las pantallas. Con licencia para matar y siempre al servicio de Su Majestad, ha debido salvar al mundo incontables veces en la piel de un variado ramillete de actores. Una labor agotadora, estresante y capaz de colapsar al más fuerte e inteligente.

Y como nada es para siempre, la hora de retirarse toca a la puerta del agente 007, tal como lo vemos al inicio de “Sin tiempo para morir”, la última entrega protagonizada por el actor británico Daniel Craig. Y la despedida va en grande.

En la película, ya fuera del servicio activo, James Bond disfruta de unas románticas vacaciones junto a su pareja Madeleine (la francesa Léa Seydoux), en una Italia paradisíaca. Eso hasta que su amigo Félix Leiter (Jefferey Wright), un agente de la CIA, le pide de forma perentoria ayuda para dar con un científico secuestrado, cuyo conocimiento permitiría al enigmático y cruel villano Lyutsifer Satin (ingenioso anagrama de Lucifer), encarnado por Rami Malek, poner en jaque a toda la humanidad con una letal arma biológica de destrucción masiva.

Obligado bajo estas circunstancias a volver al servicio activo, Bond deberá vérselas con su antiguo jefe M (Ralph Fiennes) y la agente Nomi (Lashana Lynch), también parte del MI6, y que vino a reemplazarlo durante su ausencia. Esta será una misión mortal, que involucrará no solo sus habilidades profesionales sino que implicará, en lo personal, tomar radicales decisiones que tocarán sus afectos más íntimos y profundos.

«Sin tiempo para morir» es la película número 25 de 007 y se inscribe desde ya entre las mejores de toda la saga. Es, sin duda, la más lograda de las protagonizadas por Daniel Craig. El director estadounidense Cary Joji Fukunaga («True Detective») da consistencia a un guion que dota al protagonista de gran humanidad, y otorga a la historia un fuerte e indeleble tinte dramático, que la lleva mucho más allá de los límites de una pura cinta de espionaje y acción.

Este es un Bond que tiene tiempo para la introspección, que sufre, se cansa, lucha, sangra y se involucra sentimentalmente. En este sentido, esta es la cinta más “personal” sobre el héroe, ya que sus aspectos más privados cobran igual importancia que la misión a cumplir.

Fukunaga logra instalar un Bond que se nos muestra en carne viva, lo que hace totalmente creíble el cierre de un ciclo y que dada las características del final, no hace posible, dentro de los márgenes de la credibilidad, otra cinta en la huella de ésta y las anteriores.

Resulta interesante cómo, tratándose de una película básicamente “de acción”, el montaje (realizado por Tom Cross y Elliot Graham), imprime permanente tensión y equilibra ambas luchas del héroe, la que libra contra Satin, y la que mantiene consigo mismo en procura de retomar la vida que llevó durante su breve retiro.

Aquí no estamos ante una permanente consecución de persecuciones motorizadas y luchas, sino ante una historia, que gracias a un guion elaborado para dimensionar lo mejor posible al hombre y al agente, entrega una perspectiva amplia y fuera del estereotipo de la icónica creación de Ian Flemming.

Todo lo anterior no es obstáculo para que “Sin tiempo para morir” visite los tópicos acostumbrados de la saga: paisajes exóticos, ambientes glamorosos, mujeres fatales, villanos crueles y tecnología de punta; todo bien arropado entre martinis secos, whisky escocés y un trabajo de fotografía (Linus Sandgren), que resalta sobre todo la belleza y el glamour de cada lugar.

La despedida de Daniel Craig del icónico rol del superespía marca la culminación de una constante evolución de la historia y del personaje. El James Bond de 2021 dista mucho del que encarnaron Sean Connery o Roger Moore en los años 60 y 70. Durante estas décadas la saga supo leer bien los cambios culturales de la sociedad, y en este sentido esta es una franquicia que ha sabido envejecer, que humanizó al personaje, empoderó los roles femeninos (las chicas Bond dejaron de ser un mero adorno), la ecología se tomó la agenda, y los avances tecnológicos y las comunicaciones son cuestionados.

James Bond es hoy, dentro de los márgenes de la ficción y el género, un personaje humanizado y creíble, y Daniel Craig supo componer un carácter articulado desde estos aspectos para dar vida al miembro más destacado del MI6, el servicio secreto de Su Majestad.

Ahora, y sin la presión de tener que salvar al mundo, James Bond tendrá la ocasión de encontrar tiempo para disfrutar de un merecido retiro. O para morir.

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