Por José Luis Arredondo.

El 2 de julio de 1986, en el marco de una protesta contra la dictadura cívico-militar del general Pinochet, una patrulla militar a cargo del oficial Pedro Fernández Dittus detuvo, golpeó, roció con combustible y prendió fuego a los jóvenes Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas De Negri. Tras quemarlos vivos, los militares los abandonaron en un sitio eriazo de la comuna de Quilicura, en la periferia norte de Santiago. A causa de las graves quemaduras Rodrigo Rojas falleció en la Posta Central tras cuatro días de agonía, en tanto que Carmen Gloria sobrevivió. El horrible hecho es conocido como el “Caso Quemados” y es uno de los crímenes más aberrantes cometidos por agentes del Estado de Chile.

A partir de esta dramática historia, que aún estremece nuestra memoria por su brutal y salvaje acción, la cineasta Tatiana Gaviola (cuyo anterior largometraje había sido «Teresa», en 2009) desarrolla una película centrada en la figura de Rodrigo Rojas, que recrea dentro de una ficción “basada en hechos reales”, los acontecimientos que hace 35 años culminaron en ese crimen en Santiago.

“La mirada incendiada” no es un documental ni una biopic. Es importante señalar esto, ya que la película y el tratamiento que da a la historia han despertado mucha polémica, sobre todo a raíz de una entrevista en la cual Verónica De Negri, madre de Rodrigo, manifestó serios reparos al guión y al perfil de los personajes.

La acción se inicia cuando el protagonista, un Rodrigo de 19 años, llega desde Norteamérica a casa de su tía en la capital. Él es un joven que, cámara fotográfica en mano, viene con ansias de retratar la realidad de Chile en un año marcado por gran agitación social y represión. Aquí se encuentra con un grupo humano, un microcosmos al interior del barrio, que vive la dictadura desde el temor, la aceptación y también el impulso por superarla mientras soporta la tensa rutina del día a día. Ahí están su tía, sus pequeñas sobrinas (un hogar de padre ausente a causa de la represión según se filtra durante el desarrollo de la historia), una esforzada vecina, el dueño de un local de fotos carnet, y por supuesto Carmen Gloria Quintana y su hermana, además de la fotógrafa encargada en una revista de actualidad política en la que Rodrigo se ofrece para trabajar.

Los días transcurren en medio de algunos episodios que evidencian el clima político bajo el cual se vive, mientras se acerca la fatal jornada en que Rodrigo y Carmen Gloria serán interceptados por la patrulla que ejecutará el criminal acto en su contra.

El relato se articula, desde lo dramático e informativo, con la narración en off de una Carmen Gloria situada en el presente, que observa los hechos en perspectiva y nos los cuenta con la visión omnipresente de quien sobrevivió a esos días y el fatal desenlace que tuvieron, teniendo como eje dramático y figura central a Rodrigo.

De alguna forma, Tatiana Gaviola se sirve del caso para instalar una mirada que abarca más allá de los hechos puntuales en cuestión. El suyo es un punto de vista sobre el periodo en general, y cómo lo vivimos entonces, en la tensión del puertas adentro y la vida en comunidad. En este sentido la estructura de los personajes puede no corresponder, en estricto rigor sicológico, a los seres humanos reales, sino a un grupo que deviene en “representar”, de alguna manera, a una sociedad sumida en el miedo, pero en general decidida a llevar adelante acciones que la librarán del origen de ese temor. Es el enfoque de una dirección que entra en el hecho histórico a partir del día a día más íntimo de los personajes.

El Rodrigo que perfila Gaviola no es en estricto rigor el Rodrigo biográfico. Aquí es un joven un poco ingenuo, con una buena cuota de candidez y una percepción del peligro reinante no muy acabada, al que la realidad del momento “le sucede” de forma abrupta y violenta en cuanto pisa territorio chileno.

Acentúa el hecho de que estamos ante una ficción “basada” en la realidad, el que la directora filtra guiños a nuestro presente de forma perceptible, como esa galería de fotos carnet, que observa Rodrigo, en que los personajes están con los ojos cerrados, en una clara alusión a las mutilaciones oculares de que muchas y muchos han sido víctimas tras el estallido social de 2019.

“La mirada incendiada” no es una biografía, ni un documental ni una crónica, en este sentido el verla como aquello es un despropósito. Es una ficción movida antes que nada por las emociones, que se toma todas las licencias artísticas y creativas que su realizadora estima convenientes, y de ahí se despliega hacia la mirada política y social. La película sabe alejarse del morbo y el efectismo, porque es imposible igualar la realidad cuando se trata de retratar un horror semejante.

Hay una muy buena recreación de época y un elenco que aborda con gran solvencia los roles. Esta es una cinta que no crea expectativas sobre lo que no es; en este sentido me parece que las críticas al tratamiento de la historia no corresponden del todo, más si hacemos caso a un punto central a la hora de evaluar un trabajo artístico: “Hay que juzgar lo que se ve, no lo que nos hubiese gustado haber visto”.

Sin duda estamos ante una cinta que por sus características se dirige primordialmente al espectador que vivió ese periodo histórico, que se espantó ante la crueldad del hecho y se informó sobre los macabros detalles que lo rodearon. Un público que es capaz de completar y redondear ahí donde la mirada de Gaviola sugiere, esboza, enuncia. En esto juegan un papel importante los diálogos, que privilegian el relato personal e íntimo, más que el análisis político e histórico del momento.

“La mirada incendiada” no es un filme “militante”, vista así es una revisión al periodo sin entrar en el análisis político duro, sino más bien en el retrato social del “puertas adentro”, que actuó de igual forma como un espejo de la oscuridad reinante.

En este sentido reflexión más política de Gaviola viene de ese guiño a la actualidad, con las fotos carnet de los ojos cerrados, como si entre la tragedia acontecida a Rodrigo y Carmen Gloria y las mutilaciones oculares post estallido social, estuvieran unidas por un hilo invisible, toda vez que hoy nos gobierna el mismo sector político que nos gobernó en dictadura, y que no trepida en ocupar métodos de represión que no distan mucho uno del otro.

La cinta es una re-creación, bastante libre si se quiere, de un periodo que debiera estar en permanente análisis y debate, en este sentido es una cinta que observando desde dentro, y a través de los ojos y el recuerdo de Carmen Gloria, aporta a no perder de vista la crueldad de la que fueron capaces las FFAA mientras gobernaron junto a la derecha, cuando sintieron tomar fuerza las protestas en su contra. Ahí está la mirada más ideológica de la película, que unida a la mirada sobre la intimidad de los personajes, forma el cuadro completo. Otro aporte del cine chileno, que desde diferentes ángulos y objetivos, sigue aproximándose a ese oscuro periodo de nuestra historia.

“La mirada incendiada”, de Tatiana Gaviola (2021). Guión de Pablo Paredes. Música de Carlos Cabezas. Fotografía de Elisa García. Dirección de Arte de Marichi Palacios. Elenco: Juan Carlos Maldonado, Catalina Saavedra, María Izquierdo, Cristina Aburto, Gonzalo Robles, Constanza Sepulveda, Belén Herrera, Pascal Balart y Estrella Ortiz.

Disponible en http://www.puntoticket.com

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