Por José Luis Arredondo.

Este clásico del teatro francés, que la Corporación Cultural de Providencia eligió para llevar adelante su primera producción escénica en el Teatro Oriente de esa comuna, lleva la firma de Álvaro Viguera en la dirección y cuenta con un elenco de reconocidos actores. Lamentablemente, solo pudo presentar tres funciones antes de quedar interrumpida a causa del Covid-19.

El dramaturgo francés Jean Anouilh (1910 – 1987) sitúa su obra “Orquesta de señoritas” en 1947, recién a dos años del fin de la Segunda Guerra Mundial europa es un continente destruido, devastado, fracturado, aniquilado. La sangre en los campos de batalla aun no se seca, en el aire todavía se percibe el olor de las bombas, y los cuerpos martirizados del pueblo judío son la prueba indesmentible de la brutalidad y el horror del nazismo. La “vieja y culta” Europa es todavía una tierra reducida, literalmente, a escombros. Y no solo la tierra, sino también aquellos que sobrevivieron.

Entre quienes han sobrevivido al acontecimiento bélico está un grupo de mujeres y un hombre, que se ganan la vida pobremente como integrantes de una “Orquesta de señoritas”, que ameniza las noches del casino de unos baños termales situados en algún lugar de Francia, donde acuden en busca de cura quienes padecen severos cuadros de estreñimiento.

Cada una de estas mujeres músicos, junto al pianista, cargan con desgraciadas historias que tienen que ver con la familia o con algún amor de pareja. Son historias de vida que se van ventilando entre cada número musical, y que tienen mucho de confesión y desahogo. Amores difíciles, amores filiares, infidelidades, cariños abnegados y más, cruzan de una integrante a otra en los breves intermedios musicales, intercalados con rencillas mutuas que tensan el ambiente y crispan los ánimos. Es un grupo humano que Anouilh expone como un ramillete de caracteres que vienen a representar esos cuerpos, esas almas y esas historias que se ciernen como una potente y clara metáfora de un continente devastado, fracturado, y que busca levantarse por medio del arte, el esfuerzo y el amor.

Y fue este clásico del teatro francés el que la Corporación Cultural de Providencia eligió para llevar adelante su primera producción escénica en el Teatro Oriente de esa comuna. Una versión que lleva la firma del director Álvaro Viguera en la dirección y que cuenta con un elenco de reconocidos actores.

Hortensia (Luis Gnecco) dirige con mano de hierro al grupo, y mientras lleva el ritmo con su violoncello impone orden y disciplina a las dispersas integrantes. La violinista Hermelinda (Tomás Vidiella) confiesa penas matrimoniales a la paciente y apañadora flautista Leona (Mauricio Pesutic), quien oye y aconseja con toda la voluntad del mundo. Patricia (Cristián Campos) y Pamela (Willy Semler) forman una pareja dispareja; cada una a cargo de su violín, se agreden sin pausa aunque en el fondo logran convivir y hasta esbozar una leal amistad. Susana (Francisco Medina), a cargo del cello, y el pianista Leon (Gonzalo Muñoz-Lerner), viven no muy privadamente un tórrido romance, cuyas demostraciones Hortensia frena en seco cada vez que puede.

Es un grupo de ricas sicologías y almas un poco maltratadas que encuentran en la música un modo de subsistencia en tiempos muy difíciles y que el director Álvaro Viguera instala en un dispositivo escénico de teatral y barroca visualidad.

Sin duda que la escenografía y el vestuario de Pablo Núñez marcan la impronta de esta versión. Núñez tiene vasta experiencia en el campo de la ópera, y eso queda patente en su diseño, que perfectamente ensamblado con la iluminación de Ricardo Castro (también con nutrida experiencia en producciones del Municipal de Santiago), confieren al montaje una exquisita y apropiada atmósfera de lujo un poco rancio, y dotado de un claro barniz de decadencia. A estos aspectos se suman con acertada elaboración en sus diseños los peinados de Patricio Araya y el recargado maquillaje de Franklin Sepulveda.

El grupo de actores, en su totalidad, entrega un trabajo de alto nivel. Todos son intérpretes de dilatada trayectoria y experiencia, y eso queda demostrado en la capacidad de dotar a cada rol de características específicas en un amplio abanico de conductas, articuladas desde lo femenino en el caso de las «señoritas». Son actuaciones ricas, sólidas y homogéneas en cuanto a nivel expresivo, que se enriquecen en lo escénico cuando, como en este caso, los roles están encarnados por actores, ya que también suele montarse con actrices eventualmente (condición esta última que resta posibles lecturas desde el distanciamiento y/o el grotesco).

La música, por supuesto, juega un rol preponderante, aunque a primera vista pueda considerársele accesorio. El compositor Miguel Farías entrega una partitura que refleja muy bien el mundo creado por Anouilh. Estas señoritas ofrecen al auditorio, mayormente, piezas de corte docto pero fácilmente asimilables, y Farías se prodiga con rítmicas cuerdas que no ocultan un trasfondo un poco dramático, como si las notas dejaran entrever un poco del mundo de cada integrante de la orquesta, ese que las palabras no reflejan a plenitud. Es una música de acompañamiento que resulta muy expresiva en el contexto y significado de la obra.

Una “Orquesta de Señoritas” que se impone a través de una atractiva visualidad, y una dirección que rescata la rica sicología de los personajes, en alas de un sólido conjunto de actuaciones.

Dirección: Álvaro Viguera. Escenografía y vestuario: Pablo Núñez. Peinados: Patricio Araya. Maquillaje: Franklin Sepúlveda. Música: Miguel Farías. Iluminación: Ricardo Castro. Coreografía: Marcia Haydée. Traducción: Augusto Rave.

Con: Luis Gnecco, Tomás Vidiella, Cristián Campos, Willy Semler, Mauricio Pesutic, Francisco Medina y Gonzalo Muñoz-Lerner.

Fotos: Patricio Melo.

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