Por José Luis Arredondo.

El título de la obra “Arpeggione” (1963) alude a un instrumento de cuerdas ya en desuso y que era una suerte de híbrido entre cello y guitarra. Y aquí es una de esas piezas de cámara que entran con delicadeza en un conflicto que late soterrado y aflora por capas, develado con poesía mediante la fuerza expresiva de las palabras, de las que se dicen y las que se callan. Un texto que exhibe una parte de la condición humana tal como si mirásemos un paisaje entre la bruma matinal o quizás un crepúsculo, a esa hora que ya no es de día, pero tampoco es de noche.

En esta obra Luis Alberto Heiremans (1926-1964) une a Rosa (Claudia Cabezas), una pianista aficionada y a Lorenzo (Nicolás Zárate), un reconocido cellista que prepara una gira, en jornadas de ensayo para ejecutar la Sonata en La Menor para Violoncello y Piano, de Franz Schubert (1797-1828).

El acompañante habitual de Lorenzo se encuentra ausente y el agente del cellista, el Sr. Landa conseguido que Rosa lo acompañe en los ensayos para no retrasar la gira. La relación entre ambos no es fluida al principio, pero conforme transcurren los ensayos la música que ejecutan y las pocas palabras que cruzan entre ellos, van convirtiéndose en un puente que los hace acercarse y conocerse entre evocaciones, recuerdos, correcciones a la ejecución de la partitura y una identificación que nace entre disquisiciones sobre el arte y los artistas.

Es un acercamiento entre dos seres humanos que se da en un diálogo de miradas, silencios y palabras, que resulta una prolongación del diálogo que existe entre el cello y el piano en la pieza musical. Los sentimientos y las experiencias que intercambian los protagonistas están envueltas por la sublime música de Schubert y el texto de Heiremans, cargado de poesía.

La dirección de Jesús Urqueta privilegia las actuaciones como canal de expresión, y deja que texto y música fluyan con delicadeza y sentimiento mediante los movimientos, las miradas, los silencios y las inflexiones de los intérpretes. En este aspecto tanto Cabezas como Zárate exhiben un excelente nivel interpretativo, y entregan dos actuaciones llenas de matices y que dan muy bien con el tono sutil de la pieza.

El diseño integral de Tamara Figueroa y la música de Marcello Martínez crean la atmósfera precisa para el tono íntimo y soterrado de la obra. Las figuras se mueven entre una luz generalmente mortecina que dibuja una casi permanente penumbra.

“Arpeggione”, que forma parte de la trilogía “Buenaventura”, que completan “El año repetido” y “El mar en la muralla”, es todo un logro en cuanto a recrear el mundo de Heiremans, un universo poético, simbólico, en el que priman las metáforas para develar con profunda mirada humanista aspectos propios y esenciales de la existencia.

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