Morris Chestnut, Cuba Gooding Jr e Ice Cube en «Los dueños de la calle», de John S. Singleton.

por Vicente González.

Dirigida y escrita en 1991 por un entonces joven John Singleton, esta película ofrece una cruda narración a partir de la realidad estadounidense que viene construyéndose por décadas en los barrios menos privilegiados y que, desafortunadamente, aplica en cualquier contexto territorial y temporal. ¿Quién estará vivo para mañana? ¿Por qué esto no termina? O más importante aún ¿Terminará algún día?

Tre Styles (Cuba Gooding, Jr.), Darrin «Doughboy» Baker (O’Shea Jackson) y Ricky Baker (Morris Chestnut) intentan sobrellevar el agitado y peligroso submundo de South Central, en la ciudad de Los Angeles, donde abunda la drogadicción, la violencia, el crimen y la incansable sensación de abandono por parte del mundo exterior. Ante el desolador muro de la adultez, la presión por el inminente futuro y el desarrollo sexual, los jóvenes tendrán que lidiar con la realidad criminal que los acecha día y noche.

La primera escena es la declaración de principios más importante de la película. Con un dolly in, la cámara se centra en la mundialmente conocida señal STOP, la cual brillantemente expresa dos discursos opuestos. John Singleton no solo introduce el descontento y su postura frente a la realidad de miles de jóvenes, sino que además hace explícito el mensaje que tiene el mundo para estos adolescentes nacidos y criados en las calles.

Tre Styles, nuestro protagonista, es a quien acompañamos en este proceso de crecimiento, y para afrontar sus inseguridades está su padre, Furious Styles (Laurence Fishburne), la voz de la razón. Furious ha aprendido de la vida de la peor manera, y es un producto más de la desigualdad y la discriminación; por la misma razón, no duda en apoyar a su hijo y enderezarlo a empujones, si es necesario.

La dinámica que existe en la casa de los Baker, por su parte, expresa muy bien cómo el cariño en la crianza puede condenar el futuro de un niño. Brenda Baker (Tyra Ferrell) abiertamente hace distinciones en el trato que les da a sus hijos debido a que provienen de distintos padres. Ricky, con el apoyo de su madre y su novia, puede acceder a una beca universitaria debido a su carrera como deportista.

A su vez, y al no encontrar el amor en su casa desde la niñez, DoughBoy recurre a las calles, y adquiere un estilo de vida totalmente contrario en donde solo importa vivir el día a día. Tardíamente se da cuenta de que, al vivir bajo sus reglas, no hay amor en esos fríos y desolados pasajes de asfalto y acepta que, en ese estilo de vida, la muerte llegará antes de lo esperado.

Además de abordar el mundo criminal, la película explora hábilmente una etapa significativa para todo adolescente, la cual define también, en la mayoría de los casos, su futuro. Los 18 años, el fin de la etapa escolar, no es un periodo fácil y el inicio para muchos de la actividad sexual aún en ignorancia puede complicar, lamentablemente, el surgimiento económico y profesional.

“Los dueños de la calle” (Boyz N The Hood) es astuta y sabe que todos estos factores crean un mar de inseguridades no solo en los jóvenes, sino que en la gran población pobre de cualquier país. La cinta no titubea al exponer los horrores de su contexto, las muertes son explícitas e insensibles, así como el tratamiento en su discurso.

Termina por ser lamentablemente densa para el espectador ya que, si bien tenemos conciencia de dicha realidad, a menudo no la queremos ver. Aun así, a sus 21 años de edad, John Singleton (fallecido en 2019 a los 51 años) no dudó en generar una confrontación interna en el público.

Al día de hoy esta película continúa siendo un desgarrador grito de ayuda, así como un balde de agua fría hacia las clases privilegiadas y su clara indiferencia.

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