Por José Luis Arredondo.

El matrimonio que forman Ignacio Arrieta (Miguel Angel Solá) y Alicia Campos (Cecilia Roth) vive en un amplio departamento en el corazón del barrio de La Recoleta, el sector habitacional más exclusivo de Buenos Aires. Él, ingeniero jubilado, y ella “dueña de casa”, conforman el paradigma de la familia feliz, baluarte de la pequeña burguesía.

Sin embargo, si nos acercamos un poco, este cuadro idílico, de “gente bien” con la vida solucionada, empieza a revelar algunas grietas y fisuras. Lo que a cierta distancia se ve como un paisaje en el que todo fluye natural, de cerca acusa un fuerte grado de descomposición.

El quiebre del cuadro perfecto corre por cuenta de Daniel (Benjamín Amadeo), hijo único de este matrimonio, un hombre ya de 35 años que aún no logra estabilizarse, y al cual Marcela (Sofía Gala), su ex pareja, acaba de denunciarlo por intento de homicidio y violación, con lo que ha logrado que quede en prisión preventiva.

Al fondo de este retrato de familia asoma la imagen de la empleada doméstica puertas adentro de los Arrieta. Gladys (Yanina Avila) es una joven mujer muy sencilla, venida del interior del país, analfabeta y madre soltera; para suerte suya, Ignacio y Alicia se ocupan del niño como si fuera un miembro más de la familia. Pero el conflicto de la historia se agudiza y detona cuando Gladys se ve envuelta en un violento hecho de sangre, que involucra y arrastra consigo a los Arrieta y parte de su entorno.

“Crímenes de familia” (2020), la nueva película del director argentino Sebastián Schindel, es un estremecedor thriller disponible en Netflix. Una película que se eleva alto por sobre la media del género, gracias al notable tratamiento que hace del tema, y a un sólido guión que, esquivando todo efectismo y morbo, se adentra al fondo de una historia que aun cargada de violencia, no deja fluir ni asomar la menor truculencia.

En este sentido, esta es una película contenida, que humaniza un conflicto digno de la más escabrosa crónica roja, y que centra su atención en la sicología y las emociones que movilizan a los personajes, eludiendo toda posibilidad de juzgarlos, para dejarlos ser en plena humanidad, con todas las luces, sombras y claroscuros.

El compromiso del filme, tanto con el tema como con la historia y los personajes, es mucho más existencial que sentimental. Schindel no se sienta a llorar junto al matrimonio y su entorno, sino que los acompaña y evidencia en toda la complejidad de su accionar, sin dictar cátedra de comportamiento, pero sin eludir tampoco consideraciones de tipo ético, moral y valórico.

El director despliega una mirada amplia y humanista en todo el sentido del término, que pone al ser humano y su libre albedrío y responsabilidad como ejes de vida. Sin obviar que el amor, en todas sus formas, y la solidaridad y la empatía, son motores que han de impulsar nuestros actos.

El guión no deja cabos sueltos y sabe ocuparse tanto de los aspectos sicológicos como legales presentes en la trama. La cámara se mueve con una soltura casi elegante, a pesar de la naturaleza de lo que refleja, y la edición da con precisión la progresión dramática y el clima de creciente tensión y angustia que envuelve la historia.

Hay excelentes actuaciones, partiendo por los experimentados y conocidos Miguel Ángel Solá y Cecilia Roth, y una notable Yanina Avila, que en el rol de Gladys, entrega una actuación formidable.

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