Por José Luis Arredondo.

“Sufro por todos los que sufren, por todos los que son torturados, ejecutados, por los que mueren de hambre, ya sean víctimas de Hitler, o los asesine Stalin. Mis sinfonías son lápidas” – Dimitri Shostakovich.

Pocas relaciones ha habido más tensas, angustiosas y prolongadas, que hayan tenido de marco y contexto poder y música, como la que vivió el compositor ruso Dimitri Shostakovich (1906-1975), bajo el régimen del dictador Josef Stalin (1878-1953).

Como si esta historia fuera un cuento de terror, podríamos decir que “todo comenzó una noche en la que…”, el dictador asistió en Leningrado al estreno de la ópera “Lady Macbeth del condado de Mtsensk” (1934), de Shostakovich, quien a la fecha era ya un músico de reconocido prestigio. En la escena en la que la protagonista envenena a su suegro, un personaje violento, déspota y abusador, la cara de Stalin adquirió un tono sombrío; pocos minutos más tarde, el jerarca soviético abandonó el teatro.

Cuenta la leyenda que de su propia mano redactó la lapidaria editorial del periódico oficial Pravda, en la que prácticamente sepultó la ópera de Shostakovich a la mañana siguiente. Obviamente se sintió aludido y se vio reflejado en el personaje siniestro que Katharina ajusticia.

De ahí en adelante, y mientras Stalin vivió, el genial músico siempre caminó sobre la cuerda floja. Su relación con el régimen no se quebró (de hecho permaneció en la ex Unión Soviética), pero fue un vínculo tenso, precario y de un delicado equilibrio. Y es esta relación la que examina con detalles el director canadiense Larry Weinstein en el excelente documental “Las sinfonías de guerra: Shostakovich contra Stalin “(1997, disponible en Youtube), en los 120 minutos que dura la cruda exposición de los hechos históricos.

Para este propósito, el cineasta se sirve de un conjunto de entrevistas a cercanos y familiares del músico, que en mayor o menor medida fueron testigos presenciales de los hechos. Son testimonios potentes y descarnados, que dan cuenta del permanente temor reinante y las “fórmulas” empleadas por el compositor para no caer en desgracia ante el régimen, ya que, como sabemos, esto último implicaba derechamente perder la vida, o cuando menos ser deportado a un campo de trabajos forzados en Siberia, lo que a la postre era también una sentencia de muerte.

Shostakovich nunca dejó de crear, pero lo hizo como si caminara sobre hielo quebradizo, filtrando en su música el horror imperante, disfrazando la crítica en un discurso sonoro de tinte heroico, que a menudo cubría una suave melodía con el sonido aplastante de cuerdas, vientos y percusión militares. Como si la bota de Stalin pisara, aplastante, todo lirismo, toda espiritualidad y sentido humanista del pueblo soviético.

Sinfonía tras sinfonía, el compositor retrató la épica de su país, pero en una doble lectura, donde la alabanza es a la vez una crítica. En definitiva, Shostakovich convirtió el sarcasmo en un leit motiv.

El documental es rico en material de archivo. En las imágenes desfila ante nosotros el aberrante personalismo de Stalin, que se derrama imparable en películas propagandísticas en las que su figura se yergue sobrehumana, como si se tratara de un hierático semidiós. Es la figura paternal todopoderosa, el “padrecito de los pueblos”, al que incluso Pablo Neruda cantó en un poema.

Enumerar todo lo que se exhibe en este documental sería un despropósito y un exceso. No hay nada mejor que apreciar este documento y que cada uno evalúe lo sucedido.

El punto de vista crítico de Weinstein queda claro y los testimonios que aparecen en el video tienen la fuerza de los hechos. A la vez, el documental es también una aguda reflexión sobre el arte y la cultura bajo un régimen totalitario, sea este de izquierda o derecha, y lo frágil que se torna la vida del artista durante una dictadura.

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