Por Vicente González

Estrenada el 16 de julio de 2011 y dirigida por Goro Miyazaki, “La colina de las amapolas” transporta al espectador, independientemente de su edad, por un hermoso viaje a través de emociones y sentimientos profundos y a la vez tan pasajeros como las estaciones del año.

Umi Matsuzaki (Masami Nagasawa), estudiante de secundaria, responsable y a cargo de la pensión en la que también reside parte de su familia, iza cada mañana un mensaje para su padre, esperando su regreso. Pronto a su vida llegará Shun Kazama (Jun’ichi Okada), integrante del club de literatura. Ambos se enamorarán mientras intentan salvar de la demolición el Quartier Latin, edificio el cual ha albergado por años a los diferentes clubes estudiantiles.

El drama familiar en la vida de Umi está presente a causa de su difunto padre y a la ausencia de su madre, debido a sus estudios en América. Esto merma no solo su personalidad, sino que, como consecuencia de la falta de progenitores, ella está a cargo de sus dos hermanos menores.

Shun, por su parte, pese a ser un joven alegre y decidido, debe resolver la incertidumbre acerca de la verdadera identidad de su padre biológico, misma interrogante que pone en peligro la relación entre los protagonistas.

Desde sus primeros minutos, la película recibe cálidamente al espectador, con un aura acogedora plasmada en un concurrido desayuno que marca el tono de la película, el cual irá con energía y entusiasmo enmarcando las acciones a través del drama y un sutil humor sensible y humano.

Una mirada al pasado para las nuevas generaciones con aires de reconstrucción y redescubrimiento es planteada no solo por sus cálidos colores y su puesta en escena, que recuerdan a una nostálgica tarde de verano, sino que la música también crea momentos perdurables y necesarios para los distintos personajes y el público. Ejemplo de ello es la secuencia presentada por Kyū Sakamoto y su canción «Ue o muite aruko» (más conocida como «Sukiyaki»), que a pesar de su melancólica y triste letra, es redefinida con la hermosa y floreciente relación entre los protagonistas.

La película no presume de una historia compleja porque simplemente no la necesita. El encanto lo expresa envidiablemente de la mejor manera posible al ser sincera y crear momentos mágicos por medio de situaciones cotidianas y relaciones cargadas de historia con un peso emocional gigantesco.

El sentido positivo intrínseco de la cinta no solo puede acompañar una buena noche de cine, sino que su mensaje con miras al futuro conciliando el pasado se hace evidente en el contexto de la trama en un Japón de posguerra, con heridas aún sin cerrar y ad portas de las Olimpiadas de 1964.

“La colina de las amapolas» es una historia de amor y armonía reparadora que hará ensordecer los malos tiempos y derretir los corazones con miras a un mejor ocaso.

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