Por Diego Martínez

Pocas historias de época resultan aplicables al presente de forma tan directa y fluida como la del detective inglés Sherlock Holmes.  Más aún en un área en constante evolución como es el crimen. Y esto se comprueba al ver la serie “Sherlock” de la BBC, ambientada en nuestros días en un Londres lleno de sorpresas, y protagonizada por el actor Benedict Cumberbatch como Sherlock Holmes y Martin Freeman como el doctor John Watson.

Dotada de un ritmo narrativo tan frenético como las ideas y conjeturas que procesa el singular detective de la calle Baker (cuyo pensamiento transita como una autopista de alta velocidad por un frenesí de observaciones y premisas), esta serie logra enganchar al espectador con una trama de asesinatos que se entrecruzan con organizaciones subterráneas, conspiraciones diversas, líos familiares, mucho humor británico y pequeñas dosis de conflictos sentimentales. 

Estrenada en 2010, “Sherlock” aparece en medio del boom de las series forenses y de manera sobresaliente sabe navegar para permanecer en lo más alto, sin perder de vista el espíritu de las novelas originales de sir Arthur Conan Doyle. El personaje de John Watson nos permite entrar en la historia, como el honesto observador que aporta humanidad al lado de un Sherlock Holmes que desborda pedantería, inteligencia e ironía, y que aplica a cada momento su aguzado ojo para los detalles.

Si Sherlock es el cerebro, Watson es el corazón de la serie, lo que termina por motivar algunas decisiones del propio Sherlock y que, al andar de los casos, explora aristas vetadas o que, a juicio de su amigo, “entorpecen” la observación prolija y despejada. 

Sería poco preciso establecer la relación entre los dos protagonistas como un juego de ping-pong ya que ambos, tanto Sherlock como John Watson, provienen de mundos totalmente diferentes. La cercana relación que surge entre los dos (y que provoca más de un equívoco) es más bien de complemento, donde cada uno detona el potencial del otro y genera un clima que los mantiene en constante dependencia. Y es que Watson aporta el factor humano en el desarrollo de la historia, con errores y defectos pero, al mismo tiempo, con la capacidad de superar sus limitaciones y sacar lo mejor de sí para enfrentar cada peligrosa situación.

La producción mantiene un alto nivel de realización audiovisual, con un montaje fresco, dinámico, atrevido y actual, que permite sentirse en un diorama y al segundo estar frente a un libro pop-up. Acompañadas de una musicalización que corre como ligera brisa, las aparatosas deducciones de Sherlock te atrapan y no te sueltan hasta dejarte tenso debido al veloz bombardeo de información.

La serie cuenta a su favor con la certera actuación de Benedict Cumberbatch, que se luce con su desplante físico, una dicción que no escatima extensos monólogos (que a decir verdad parecieran complejos trabalenguas forenses) y una memoria que se funde con el personaje mismo. Por su parte Martin Freeman aporta el carisma que oxigena las escenas tensas sin caer en el ridículo, y brinda la humildad de saber que un cerebro bien afilado no lo es todo en la vida.

Las cuatro temporadas entregan un total de 13, que duran cerca de 90 minutos cada uno y funcionan como verdaderos largometrajes unitarios. Todo realizado con una precisión inglesa que no requiere de rellenos. 

La serie “Sherlock” se encuentra disponibles en la plataforma de Netflix y también llegará a la pantalla de TVN el lunes 22 de junio, y resulta un muy buen acompañante para mantener el cerebro en funcionamiento ante la escasa actividad de la cuarentena.

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