Por José Luis Arredondo.

Chela (Ana Brun) y Chiquita (Margarita Irún) llevan juntas más de 30 años y habitan una vieja casona en Asunción, la capital de Paraguay. Es una casa llena de habitaciones y muebles antiguos, que sin duda conocieron mejores tiempos, ya que hoy se ven ajados y mustios, denotan el paso de los años y un esplendor que ya no existe. Es un poco lo mismo que le pasa a estas dos mujeres que se mueven en silencio por esos espacios sombríos y mortecinos. Espacios que ya empiezan a verse desnudos, toda vez que debido a estrecheces económicas, ambas se ven obligadas a vender buena parte de esos objetos que acompañaron sus vidas.

Para empeorar más la situación, Chiquita es acusada de estafa por un banco y puesta en prisión preventiva, mientras se ve la causa judicial. Esto desequilibra totalmente la vida y el mundo de Chela, que se enfrenta a la imperiosa necesidad de generar ingresos para poder seguir viviendo.

La solución llega cuando descubre que puede transportar en su viejo Mercedes Benz a un singular grupo de ancianas que se juntan una vez a la semana a jugar cartas. Es en esa instancia que conoce a Angy, una activa y despierta mujer, de agitada vida, que entra en la existencia de Chela para hacerle vivir experiencias inéditas, que abren mundos y sentimientos inexplorados por ella hasta ese entonces.

Primer largometraje escrito y dirigido por el paraguayo Marcelo Martinessi, “Las herederas” es una multipremiada cinta que tuvo su estreno en cines en el Festival de Berlín 2018 (donde obtuvo dos Osos de Plata) y ahora está disponible en Netflix. Es una película de aguas quietas y profundas, que apuesta más por los silencios que por las palabras, y por la fuerza de lo implícito por sobre lo explícito.

Martinessi nos devela sin prisa, pero sin pausa, la actual situación de Chela (con Chiquita en prisión) y la nueva realidad que se abre ante ella. Un poco en diagonal, filtra el pasado del personaje, representado en esa casona señorial, las antigüedades que aún contiene y el viejo automóvil, para que nosotros como espectadores completemos el retrato de esta silenciosa mujer, que a casi todo responde con silencios, miradas un poco tristes o monosílabos.

Este “despertar” de Chela a situaciones inéditas para ella, carece de estridencias; es un nuevo mundo que nace en sordina, que emerge silencioso, íntimo y muy personal. Es una “nueva vida” que le plantea desafíos y le depara sorpresas, pero siempre envuelta en una atmósfera tenue, un poco mortecina, íntima, y alejada de todo bullicio.

«Las herederas» es un filme delicado y profundo, de atmósferas y sensaciones, que deposita en los detalles la fuerza de la historia. En tiempos en que casi todo se explicita y sobreexplica, este resulta un ejercicio narrativo de tono no muy frecuente y casi poético. Apoyado en un conjunto de excelentes actuaciones y una factura técnica y artística de primer orden, es una de esas cintas que delicadamente vienen envueltas en un halo de maestría.

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