Por José Luis Arredondo.

Pedro tiene sueños y ambiciones sin límites, grandes y desbordados como su talento para la ingeniería. Su mente trabaja con la posibilidad de extraer energía de los recursos hídricos cuando el mundo aún no ve más allá del carbón y el gas para funcionar. Diseña máquinas, aparatos y artefactos que sus contemporáneos aún no visualizan ni en sueños. Es un adelantado a su tiempo, un visionario que intenta darse a entender en un mundo que aún no está preparado para la modernidad.

En su camino hay tres piedras de tope que frenan su vuelo: su padre pastor protestante, un hombre rígido e intolerante, que no acepta el desapego que tiene Pedro por la religión, al punto de expulsarlo de la casa y desheredarlo; un aparato estatal burocrático que no advierte el talento del joven y frena toda posibilidad de poner en práctica sus ideas, diseños y maquinarias de ingeniería civil; y él mismo, que muchas veces sucumbe ante un carácter intransigente, soberbio y arrogante, que le juega las peores pasadas de su vida.

Sin embargo, un puente de plata se despliega ante él cuando se instala pobremente en Copenhague a la ardiente espera de una posibilidad para desarrollar sus talentos. Se trata de una rica, poderosa e influyente familia judía, a la cual se allega gracias a una afortunada casualidad. Es en ese hogar donde el joven atisbará la posibilidad de cumplir sus sueños y tendrá al alcance de la mano la ocasión de ser feliz. Siempre y cuando logre dominar su temperamento orgulloso y aprenda a moverse en los laberintos del poder político y económico de la ciudad. Una tarea no menor y llena de obstáculos.

“Pedro, el afortunado” (‘Lyyke-Per’, 2018), del director danés Billie August (doble ganador del Festival de Cannes con «Pelle, el conquistador» y «Con las mejores intenciones»), es un filme grande, épico y casi tan desbordado como los sueños del protagonista. Se trata de una película de largo aliento (162 minutos), basada en la monumental novela del premio Nobel de Literatura 1917, Henrik Pontoppidan. Una historia que parte de lo íntimo, como lo es el drama de Pedro, para luego abrirse y convertirse en un enorme fresco social de la Dinamarca de fines del siglo XIX y comienzos del XX.

Billie August condensa, gracias a su notable guión escrito en colaboración con su hijo Anders, los ocho tomos de la novela de Pontoppidan. Están casi todos los innumerables hechos que suceden en la vida del joven, tratados con un sentido de ascenso, auge y caída, que nunca pierde su norte, cual es entrar en el alma del personaje y sus motivaciones, para de ahí conformar el gran retrato de sociedad que es la película.

Asistimos así al mural de una vida, que se lleva como si fuera una carrera de obstáculos, en pos de realizarse por medio del logro de avances que proporcionarán gran bienestar a toda la población. El sueño de Pedro es el progreso, la visión de un futuro que sabrá aprovechar de la mejor forma lo que está contenido en la naturaleza para provecho de la humanidad.

Como toda historia de largo aliento, el filme alberga múltiples lecturas, que van de lo personal a lo colectivo, de lo íntimo a lo social, de lo religioso a lo político, de lo poético a lo económico. En este sentido se trata virtualmente de una saga, un río de acontecimientos que August maneja de forma brilante para no perder nunca el centro y eje narrativo.

Es una cinta a la vez grandiosa e íntima, dotada de una soberbia dirección de arte y fotografía, que recrea con lujo de detalles cada lugar y cada ambiente entre los que se mueven los personajes. Las actuaciones son sólidas, cada cual encarna con maestría su carácter, partiendo por el protagonista (Esben Smed) y su entorno más cercano.

«Pedro, el afortunado» es filme hecho a la manera de los grandes clásicos, que deslumbra por la exquisita calidad de su factura y emociona gracias a la vida que emana de sus personajes y las historias que viven. Un drama existencial y social servido en bandeja de plata.

Disponible en Netflix.

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