Por José Luis Arredondo.

En lo que parece ser una bodega, un hombre (Arturo) emerge de la nada iluminándose con un encendedor, todo a su alrededor es oscuridad y muebles apilados, desde algún lugar se oyen voces que nos remiten a la historia de nuestro país en las ultimas cuatro décadas: entre ruido ambiente se distinguen las voces de Allende, los bandos militares el día del golpe, la de Pinochet, la de Michelle Bachelet y Ricardo Lagos más adelante, y también de otros personeros etc. es como una banda sonora de la dirigencia política de la historia reciente chilena.

Estamos en eso cuando sentada sobre un escritorio vemos a una mujer (Beatrix), es ella quien manipula un aparato de radio de donde emergen esas voces y ese ruido ambiente. Lo que viene después es el enfrentamiento de estos dos personajes en el Chile del año 2068, cuando muchos de nosotros estemos ya muertos y los que recién hoy nacen ya sean adultos de 50 años de edad.

Qué hacen Beatrix y Arturo en esa bodega ? Discuten, debaten, se enfrentan en un ejercicio dialéctico a una decisión trascendental en ese momento: dar conducción política al pueblo que espera en las calles una señal clara de qué rumbo tomar en adelante. Atrás quedó el «incendio de la pradera», el Palacio La Moneda fue destruido por segunda vez, en esta ocasión por un movimiento insurreccional de corte anarquista. Esa bodega no es otra cosa que el centro de operaciones del Movimiento Soberanía Popular, y lo que ahí se debate ahora, entre sus ruinas, es el liderazgo que, paradojalmente, necesita ese movimiento que reniega de los líderes.

«Después del Fin» pretende ser una obra de anticipación, una instancia en la que dos personajes se ven enfrentados a buscar un camino, una salida política a una situación de desgobierno. Una obra que da un salto en el tiempo para imaginar el panorama que ofrece nuestro país después de lo que serían, supuestamente, décadas de gobiernos derechistas.

En la mesa, como una baraja, se instalan temas que van desde el liderazgo hasta hasta el ejercicio del poder, de la representación popular y la conducción de las masas hasta las definiciones de mayorías e igualdad, en definitiva, consideraciones que buscan y hurgan en las aristas de la democracia y el poder.

En sí la obra es bastante convencional, como ejercicio teatral descansa totalmente en las actuaciones, la dirección se preocupa de mover a los interpretes en una planta básica no muy trabajada ni elaborada. Las actuaciones resultan correctas, en este sentido resalto la de Juana Viale, trasunta seguridad y aplomo, buena dicción (algo no frecuente en nuestros escenarios) y un material vocal bien trabajado, algo que resulta fundamental en una obra que se apoya casi cien por ciento en lo textual.

La información ideológica que contiene la pieza es abundante y no está toda absolutamente clara. Ejemplo concreto es que se supone el edificio donde transcurre la acción fue el que albergó a inicios de los sententa a la UNCTAD III, pero por lo que se desprende de la representación y lo dicho por los personajes, estamos en definitiva en lo que fue el Palacio La Moneda.

Con todo, me resulta una obra interesante por sus planteamientos, una disquisición política pertinente y siempre necesaria, sobretodo en tiempos que muchos se alejan e incluso reniegan de las cuestiones ideológicas como piezas fundamentales a la hora de pensar qué tipo de país y sociedad queremos para las futuras generaciones.

Dramaturgia de Juan Pablo Miranda, dirección de Cristián Flores. Con Juana Viale y Juan Pablo Miranda.

En el Gam hasta el 20 de abril. Miércoles a sábado a las 21 horas. $ 6.000.- y $ 3.000.-

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