Por José Luis Arredondo.

Hortence Laborie cocina para los habitantes de una base francesa en la Antártica, algo inusual que llama la atención de una periodista australiana en el lugar. Cocina gourmet en una base a miles de kilómetros de Paris. El interés crece cuando se entera que no hace mucho Hortence estuvo a cargo de la cocina privada del mismísimo presidente francés en el Palacio del Elíseo. Entonces, qué hace en esa base una chef que llegó a dirigir la cocina de tan alto dignatario? Las respuestas están a lo largo de esta película.

Un día cualquiera, y sin saber cómo, Hortence se ve llevada al Palacio del Elíseo desde su granja donde cultiva trufas. Alguien cercano al presidente la recomendó y el mandatario le confía las preparaciones que degustará en sus almuerzos o cenas privadas. El pedido es claro. «Es preciso redescubrir las cosas simples, verdaderas. Deme lo mejor de Francia».

La mayor virtud de Hortence es su mano para preparar comidas caseras, esos platos que al presidente (alter ego de Francois Mitterrand), le recuerdan las preparaciones de su abuela. Son platos preparados con esmero y gran presentación, pero no sofisticados ni excesivamente presentados, es una comida en la que prima el sabor original, y que no satura con «decoración», para resaltar el gusto, colores y textura de los ingredientes sin distracciones.

Todo debiera marchar sobre ruedas, salvo porque esta mujer y su cocina se encuentran con un entramado de poderes al interior del Palacio que le hacen la vida imposible. Se ve enfrentada a un universo misógino y machista, comandado por el arrogante chef en jefe, que a cargo de un ejército de ayudantes ve en ella un elemento que viene a quitar protagonismo a sus labores culinarias.

Hortence se ve envuelta en una lucha de egos que la alejan de su tarea, satisfacer de la mejor forma el paladar presidencial. Por otro lado el mandatario es un hombre ya mayor que a pesar de su afición a la buena mesa ha de privarse, por indicación médica, de muchas exquisiteces.

«Los sabores del Palacio», es una cinta que logra equilibrar muy bien su temática culinaria con una crítica al poder de los mandos medios y a las intrigas de pasillo. Articulada como flashbacks desde el último día de Hortence en la Antártica, desfilan ante nosotros, en su paso por el Elíseo, platos de notable preparación, que dan cuenta de la enorme calidad y variedad de la cocina francesa, a la vez que la intriga política hace avanzar la historia y le otorga tensión a un guión que se preocupó que esto no fuera solo un desfile de preparaciones gourmet, y sin duda late de fondo, como inspirada referencia por momentos, ese gran filme de Gabriel Axel que es «La fiesta de Babette».

«Los sabores del Palacio», una película de Christian Vincent, libremente inspirada en la vida de Daniele Mazet-Delpeuch, cocinera personal de Francois Mitterrand.

Disponible en Netflix.

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