Por José Luis Arredondo.

Una voz en off nos dice al comienzo que en el mar del norte vive un pez llamado Kun, tan grande que no puede ser medido, mi nombre es Chun, nos cuenta, y vengo del mundo submarino, no somos humanos ni dioses, nos llaman «los otros».

Los otros, a los 16 años, han de viajar por siete días al mundo de los humanos, al séptimo día el portal de entrada y salida se cierra indefectiblemente.

Chun, en forma de un delfín rojo, nada por el mar conociendo el mundo de los hombres, ahí se encuentra con un joven pescador que la salva de morir presa de una red, un encuentro que gatillará una prodigiosa y mágica historia que nos lleva por mundos diversos plagados de fantásticas aventuras.

Big Fish y Begonia es una maravillosa historia de amor, un relato plagado de filosofía oriental envuelto en un cuento que se despliega en imágenes de poderosa belleza y profunda emotividad.

Late de forma inequívoca la influencia de los Estudios Ghibli y uno de sus mejores filmes: El viaje de Chihiro. Aquí, Chun es una suerte de Chihiro que deambula por míticos paisajes en busca de claves y soluciones al problema que debe resolver.

Es una animación pletórica de significados panteístas y que sin duda, por los planteamientos, está más cercano a un público adulto que menor de edad, aunque la belleza de las imágenes cruza toda consideración de edad.

Una cinta que trasunta misticismo y humanismo, atravesada por consideraciones filosóficas orientalistas y todo el acento que estas ponen en la integralidad que son ser humano y naturaleza, con toda suerte de criaturas y formas de vida.

Un gran trabajo de animación, de gran contenido y factura.

Dirección: Liang Xuan y Zhang Chun.

Disponible en Netflix.

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