Por José Luis Arredondo.

Sandy Kominsky (Michael Douglas), es un viejo actor semi retirado que dirige una academia de teatro donde hace clases de actuación. Un tipo más bien relajado y bohemio que ya viene de vuelta del mundo del espectáculo. Trata de tomarse todo con tranquilidad aunque su día a día está lleno de sorpresas.

Norman Newlander (Alan Arkin), es su agente y amigo de toda la vida. Se ven a diario en un Bar y son quienes articulan el relato de cada episodio de esta exitosa serie de Netflix.

Una especie de pareja dispareja en la que un desordenado Sandy interactúa con un estructurado Norman. Sostienen divertidas peleas y discusiones propias de su edad y profesión, aunque al final siempre prima el cariño y respeto que se tienen.

Más que un buceo por el oficio de maestro de actuación, la serie expone los chascarros que sufre Sandy, propios de su edad y forma de ser, aunque lógicamente siempre se filtra su oficio y el mundo al que pertenece.

Hay mucho humor negro y socarrón y una buena dosis de emoción. El tono general de la historia es más bien emotivo y crepuscular, y está marcado por la personalidad del protagonista. Los diálogos son inteligentes y agudos, y todos los roles están muy bien diseñados en lo dramatúrgico.

Los capítulos son breves, poco más de 20 minutos cada uno, resultan ágiles pero no apresurados, siempre hay momentos de introspección muy bien trabajados desde la emoción.

El título sin duda alude al Método Stanislavsky, maestro del teatro ruso que marcó la historia de la actuación y las puestas en escena del siglo XX.

En la última entrega de los Globos de Oro se llevó dos premios: Mejor Actor (Michael Douglas) y mejor Serie.

Absolutamente merecidos

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